sábado 19 de diciembre de 2009

DULCES SUEÑOS

Mi mamá siempre dijo que yo dormía como un angelito. Un poeta me dijo que en Sevilla hay ángeles que te besan en yemas de monjitas. Mis amantes cuentan que hay algo en mi sueño que les recuerda a la realidad. A la realidad más dulce. Ninguno sabe que el sueño es la prolongación de los placeres vividos. O soñados, que la realidad y la ficción están separadas por la más delgada de las líneas. Placeres vividos, placeres prohibidos y placeres soñados. Sueño desnudo de cuerpo y de mente, abierto a los más dulces placeres. Por eso sueño con tocinos de cielo azucarado, abundantes, con carnes que pugnan por salir de su rígido corsé para fundirse en mi lengua, mi paladar y mis profundidades más inconfesables. Sueño lamer mermeladas de mil y un sabores, néctares de sevillanos azahares y de lejanas procedencias, con el exotismo del cacao de pieles africanas y la frialdad de bocaditos alemanes dados en blancas carnes de novicias inexpertas y distantes. Clavo, canela, azúcar y anís en pezones azucarados que crecen bajo mi lengua, tetillas almibaradas que apuntan al cielo de las dulzuras y que me ponen a punto de caramelo los ya chorreantes pestiñitos que se ofrecen a la degustación en su serpenteante y juguetona línea ondulante, el lugar donde se camuflan los más profundos deseos. Sueño tocar almendritas pequeñas y almendras desarrolladas, Ave María Purísima, vaya que bienmesabe paladear esos néctares secretos sólo abiertos a paladares experimentados en el gozo de lo secreto. Sueño acompañar mi selecta degustación con selectos bollitos, los elaborados por la hijas lejanas del tierno corderito, aparentemente secos al exterior pero con un interior jugoso que se manifiesta en la primera entrada y que me acompaña hasta el último de los bocados. Bocados de dulce en esas íntimas yemas, azucaradas y compactas, que derriten todo su interior en mis labios a las primeras de cambio y que derraman hacia el exterior la más delicada de las sustancias; el momento que permite la acometida directa a las profundidades cavernosas de las torrijas preparadas por manos expertas, sin prisas, sabiendo lo que tocan, lo que amasan, lo que abrasan, lo que impregnan con las mieles de los triunfos mas celebrados con natas, cremas y azúcares expandidos hasta los más lejanos rincones...Creo que la felicidad se esconde tras el portón de los sueños. Sueño que en ningún estado más placentero me vi. Ojalá toda la vida fuera sueño. Ficción. Realidad de dulces sueños. Que los sueños, dulces sueños son.

martes 15 de diciembre de 2009

Propósitos de año nuevo




A todos los que dejamos de fumar todos los primeros de enero

Está decidido. Hoy dejo de fumar. Me apuntaré a un gimnasio, me pondré fuerte, seré más alto, más bello y más joven. Luciré mis músculos por la playa y en ellos ya no se posarán las moscas, sino las mariposas y las miradas de las ninfas.

Por las noches contaré las estrellas y escribiré en hexámetros de oro himnos gigantes y extraños. Cada primero de mes subiré a la más alta cumbre de la sierra y allí lanzaré mi hipogrito huracanado hasta las alturas y se asustarán las nubes y los ciervos y espantaré con mi poder a todas las aves del mundo. Y por las noches regresaré a mi harén, donde me esperan mis huríes envueltas en blandas y perfumadas sábanas. En vez de cerveza, tomaré zumos y jugos naturales. Y cuando me ofrezcan marihuana, la rechazaré con un gesto arcangélico y digno.

Llevo sólo tres horas sin fumar y ya estoy más alto, más guapo y más fuerte.

viernes 11 de diciembre de 2009

COLORES



Me han contando que allí están reunidos todos los colores. También que las hay de todos los colores. Y que la Sevillana tiene un color especial. No, no tiene nada que ver con la Inmaculada de San Buenaventura... Sus celestes son menos puros, y se concentran en una llamativa sombra de ojos que hace juego con un vaporoso camisón azul hiniesta tirando a Montserrat, aunque todos saben que la Montse es más propensa a los negros ruanes en el carmín de sus ojos, en la levedad de su tangas de encaje y en la perfilada línea de su vello púbico; pero no te quepa duda de que el público busca contrastes con la blancura llena de paz y voluptuosidad de las domingas generosas de la Estrellita, más conocida por la Sublime y hasta por la Valiente, porque se atreve a hacer lo que nunca haría otra: comenzar la tarde y durar hasta bien entrada la madrugada en todo su esplendor. Me han contado también que hay una de Nervión que calma hasta la última sed, y que causa furor una negrita que atiende con escapulario azul, y que la panadera se viste de rojo y negro y que hace el serrucho como ninguna, palante y patrás, hasta que grita algo así como que vengadefrente y de allí sales lleno de gracias, sin penas y pletórico de amores. Me han dicho que aquello es como un arco iris, que hay más colores que en la trasera de Veracruz; de los corpiños azules y las espuelas de plata de la Enhiesta a los tanguitas rosa palo de la subterráneo, pasando por los morados de la Refugio y por los terciopelos y la plata del sillón en el que recibe la que llaman Señorita de Triana, aunque dicen que no hay nada como la botonadura roja del corsé de la Guadalquivir, que dicen que ejerce la mayor de las caridades con los clientes... Por supuesto es un lugar frecuentado por clientes de honrosa reputación que se entretienen en poner apelativos a damas tan colmadas de gracias. Son cosas que no te puedo asegurar, porque a mí todo esto me lo han contado otros...

miércoles 9 de diciembre de 2009

Las suecas




Los niñitos de las suecas eran encantadores. Yo les enseñaba español según el método Isaksson. Jugábamos en la piscina a que yo era un monstruo marino y los arrojaba al agua, los perseguía, les salpicaba, todo aderezado de palabras en español: caballito, espalda, bañador, espuma, al abordaje, mis valientes. Y las madres, altas y rubias, me contemplaban entusiasmadas, me aplaudían y se reían cuando las salpicábamos con agua. Y en cuanto los niños huyeron de mí para tomar su merienda, se lanzaron ellas al agua en ropa interior para recibir mis clases. Me ponían las nalgas blancas en las manos para que yo las empujase como a sus hijos o se me subían a las espaldas para hacer guerras entre sí. Rebotaban contra mí sus globos escandinavos y a más de una se le escapaba uno por el sujetador o se le metía la braguita por la rajita y el sol esplendía en los nórdicos vellones. Y repetían con su dulce acento bárbaro todas las palabras que yo les enseñaba. Me señalaban un hombro y yo decía “esto es el hombro, viquingas mías”; me tocaban el pecho y yo “esto es pecho de lobo auténtico, mis valquirias”, a ver si así se daban cuenta de que esa pelambre me nacía de la testosterona que me estaban revolviendo.

Y cuando todas me señalaron el ombligo para saber cómo se decía en español, me atreví a bajarme el bañador y les mostré ufano mi ibérico atributo. “Y esto es la polla o cipote, la octava maravilla, la Torre del Oro, el Puente del Alamillo en vivo”. Entonces, oh dioses, ellas pusieron tal cara de desconcierto, asco y susto, que aquello se me bajó en un santiamén y lo volví a esconder humillado y ellas salieron de la piscina y se vistieron a toda prisa y se llevaron de allí a sus hijos, escandalizadas. Y esa misma tarde me despidieron. Por lo visto, ellas sólo querían aprender español según el método Isaksson.

miércoles 2 de diciembre de 2009

MARÍA


Tras un arco. Tras un portón. Tras un torno. Donde me habían dicho. Aquí he encontrado la felicidad, una felicidad distinta a la del resto, una completa calma a mis ansias y a mis búsquedas interiores. Sé que éste es un mundo incomprendido, muchas veces oculto y, demasiadas veces, envuelto por la vergüenza de la justificación siempre pedida. Un mundo diferente. Pero el que había conocido antes no era el mejor de los mundos posibles. Aunque algunos lo llamaran realidad o, incluso, normalidad. ¿Qué será eso? Si la normalidad es aguantar manos crueles y justicieras de los que se creen los reyes del mundo, yo me retiro en otras manos. Manos más delicadas, acostumbradas a la blancura que dan las sombras, a la delicadeza que necesitan las cosas bien hechas, a los placeres que se encuentran en las más ocultas celdas y rincones. Sólo estas manos femeninas han sabido seleccionar los almíbares y las dulzuras que satisfacen mi paladar y que ponen en éxtasis místico cada uno de mis cinco sentidos. Gusto por el silencio, tacto por los rincones más secretos, vista de interiores olvidados por el mundo, olor de mieles y fluidos nunca sentidos, escucha de palpitaciones y de suaves gemidos que sólo perciben las almas que te ponen en contacto con Dios. Cuando rodó el torno, mi vida tomó sentido. Pasé al lado que me dio la felicidad. Me enclaustré en los gozos eternos. Me revestí del orgasmo continuo. Encomendé mi alma a la búsqueda del placer eterno. Sólo estas manos femeninas podían amoldar la dulzura de los pestiños, con sus rincones secretos, con el contraste entre sus pliegues no exentos de rudeza y los dulces líquidos que los recubren. Sólo estas manos femeninas podían perfeccionar la redondez de las almendras, concentrar el chocolate en perlas de deseo, almibarar mil y una formas y posturas de esos pequeños bocaditos que dan a los ángeles del cielo. Sólo aquí sé lo que se siente cuando se siente. Sólo aquí sé lo que es vivir cuando se vive. Aunque no me comprendan. Aunque piensen que estoy enclaustrada entre pastas, cortadillos y bollitos. Quizás la clausura está en sus mentes y las rejas en sus sentimientos. Yo supe hacer girar el torno de mis placeres. Caí al otro lado. No me importa lo que piensen, ni lo que hagan, ni lo que digan. Mi felicidad está entre estos bollos. Y no me importa que me llamen bollera...



viernes 27 de noviembre de 2009

Cuando abres los brazos



Me gusta tu manera viril de doblar las sábanas, de escurrir la fregona, de secarte las manos y abrir los melones. Me gustas con un jersey holgado sin camiseta debajo, para que la lana, al caer, te marque los pectorales. Me gusta cómo me sonríes desde el sofá cuando se te ocurre una picardía y cómo se te escapa el rabillo del ojo hacia mi escote cuando te pregunto qué vamos a hacer de comer hoy. ¡Y cómo me derrites cuando estoy sentada al ordenador y vienes por detrás y me besas la nuca y me acaricias el lóbulo de la oreja! Y me seduces ahora que al caer la tarde llevas la camisa blanca abierta y me pones en la mesa del jardín el té helado con hierbabuena, mientras te sientas sonriente bajo el árbol, con las manos tras la nuca y chispas verdes en esos ojos que Dios te bendiga y con las piernas muy abiertas invitándome a jugar contigo. Allá voy, maridito, machito limpio y polludo, antes de que lleguen los niños.

jueves 26 de noviembre de 2009

TRAVESURAS DE LA NIÑA MALA


A pesar de las coletas y de las falsas pecas, reconocí su rostro al salir de aquella picante y sugerente tienda. La discreta y recatada cursillista, la modélica alumna de la congregación, la ejemplar propagandista de la fe de nuestras abuelas o tatarabuelas, la ardua defensora de antiguas teologías y de prehistóricas virginidades, la discreta y hasta remilgada compañera de pupitres universitarios y de charlas cuaresmales apenas era reconocible en su nueva apariencia. No era carnaval, pero, al salir de aquella tienda había rejuvenecido, tanto en el físico como en el espíritu. Unas altas coletas habían hecho olvidar su rígido peinado, una amplias gafas reforzaban la belleza de unos desconocidos ojos, una entallada blusa blanca descubría la turgencia de unos pechos antes apenas sugeridos, una minúscula faldita tableada apenas culminaba unas interminables piernas de piel blanca esbozada bajo el misterio de los colegiales calcetines infantiles. Formas juveniles realzadas por un tacón de impacto y por un discreto carmín de labios. Apenas era reconocible, pero su andar lascivo y las suaves chupadas que daba a una rojiza piruleta hicieron que tardara en olvidar su imagen.

Pasó el tiempo y la escena quedó casi borrada en las nebulosas de los sueños vividos... Un maldito accidente ha provocado mi ingreso hospitalario. Han venido a mi mente algunos recuerdos de juventud. Al ver su rostro sobre la insulsa bata verde del SAS he recordado la especialidad que cursó. Hechos los preceptivos análisis y limpiezas, en la soledad de la habitación ha decidido prescindir de la normativa bata verde. El atrevimiento de su sucinta ropa interior, sus insinuantes pecas y la piruleta que empieza a chupar han hecho que surja en mí la duda... Empiezo a decir adiós a su antigua imagen de catequista, a la apariencia intrascendente de las habitaciones de hospital y al concepto de virginidad que alguien metió en mi mente hace ya muchos años...